De aquellos barros, estos lodos: Asunción Molinos traza el eco entre Mayrit y Tenochtitlán en Travesía Cuatro

La artista Asunción Molinos presenta en la Ciudad de México su exposición "De aquellos barros, estos lodos", con curaduría de Claudia Llanza, que pone en diálogo la historia de dos ciudades que comparten una historia de órdenes desplazados y "borramiento".

Asunción Molinos, 'De aquellos barros, estos lodos' (2026). Vista general en Travesía Cuatro. Foto por Ramiro Chaves, cortesía de la galería.

En De aquellos barros, estos lodos, presentada en Travesía Cuatro en la Ciudad de México, la artista Asunción Molinos y la curadora Claudia Llanza proponen un recorrido por las huellas de dos ciudades cuyo pasado ha sido borrado o reescrito por mecanismos de poder. Esta es la tercera exposición de Molinos en México y la primera en la capital, tras pasar por el Museo MAZ de Zapopan en 2017 y por otra colaboración con Travesía Cuatro en su sede de Guadalajara en 2022.

El punto de partida fue un cruce de caminos personales e históricos. La fascinación de Molinos por la historia cultural de México coincidió con una investigación sobre los "borramientos" históricos de la península ibérica, sobre todo de su pasado judío, musulmán y andalusí. Ahí encontró una coincidencia: el fin de Al-Ándalus y el nacimiento del Estado español ocurrieron junto con la destrucción de Abya Yala. Con Llanza decidieron acotar un tema tan vasto, con cautela y humildad, a dos ciudades: Mayrit, antecesora de la actual Madrid, y Tenochtitlán.

El título apunta a esa continuidad. A algunos les incomoda remover hechos de hace quinientos años; Molinos piensa lo contrario: «todo aquello sigue vivo», y sus sinergias aún modelan cómo habitamos, cómo nos relacionamos y hasta cómo se configuran nuestros tabúes. No son coincidencias, aclara, sino fórmulas históricas que se repiten en geografías marcadas por el colonialismo y la toma de poder.

Asunción Molinos, '1521. Mayrit/Tenochtitlan' (2026). Foto por Ramiro Chaves, cortesía de la galería.

La pieza que mejor condensa esa idea es 1521 Mayrit-Tenochtitlán, un suelo de planchas de tezontle y reproducciones de astrágalos de vaca, los huesos cuadrados que servían como dados. Inicia con un patrón nítido del mudéjar mexicano: la estrella de ocho puntas que en el islam evoca el paraíso y también el fin de un orden. Con el paso del tiempo y lxs visitantes que caminan sobre la pieza, la estrella se desfigura y se desmiembra hasta borrarse quedar apenas una marca donde aún se intuye el dibujo. Para la artista, 1521 marca el inicio del fin de ambas ciudades, y la pieza habla del poder del vestigio: los restos conservan una capacidad comunicativa capaz de traer de vuelta historias interrumpidas que esperan reparación.

Su proceso parte de una intuición que, al desarrollar la investigación artística, es confirmada por la experiencia compartida. Recuerda que, rumbo al Templo Mayor en taxi, vio la Casa de las Ajaracas, forrada de tezontle y con el patrón mudéjar en toda la fachada: lo que ella quería dibujar en el suelo ya existía. Entre risas duda de si es una "fantasía de artista", pero asegura sentirse "al servicio de las historias". La verdadera protagonista es esa realidad compartida; la obra, la curaduría y la propia artista son apenas un puente.

Casa de las Ajaracas, Ciudad de México.

En diecisiete años de práctica, Molinos ha desarrollado lo que llama pensamiento campesino, es decir, la figura del campesino y la campesina como intelectuales, productores de conocimiento por vías que la academia no siempre reconoce. Proviene de una familia campesina y ha aprendido de personas que, aun sin saber leer ni escribir, son «constructoras de mundos». Su interés por las culturas interrumpidas —la campesina peninsular, golpeada por la industrialización del campo, y las que conoció durante ocho años entre Egipto y Omán— le ha revelado patrones que se repiten cada vez que un orden desplaza a otro.

En la Ciudad de México, el público respondió con sorpresa. La ficción de una España homogénea, blanca y cristiana ha sido tan eficaz que se ha opacado su origen mixto; pocos sabían que Madrid es la única capital europea de origen musulmán, dato que, dice, "vuelve a mover el suelo de mucha gente". Los poderes destructivos, sostiene, destruyen solo hasta cierto punto: "la fuerza vital de los lugares siempre acaba volviendo".

Su siguiente proyecto la lleva al Museo Sefardí de Toledo, junto a la curadora chilena Andrea Pacheco, para explorar la expulsión de las familias judeoárabes en 1492 y los lugares a los que llegaron. Ante temas tan sensibles, insiste en atender siempre un hecho concreto y luego ver qué eco tiene en el presente.

Al despedirse, Molinos expresó un deseo para la exposición: que despierte la curiosidad de cada visitante para convertirse en "pequeño investigador" de su propia trayectoria vital, de sus cuadros familiares, barrios y ciudades, porque en esa mirada hacia atrás están las pistas de lo que viene. Y de un futuro donde, subraya, "no vale sacar a nadie del tablero de juego".

De aquellos barros, estos lodos, de Asunción Molinos se presentó en Travesía Cuatro, Ciudad de México.

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